De safari por la Movida: mods, punks, heavies y siniestros bajo los focos
El Círculo de Bellas Artes de Madrid expone las páginas de los fanzines que el fotógrafo Miguel Trillo confeccionó en la década de los ochenta. Un álbum heterogéneo que testimonia el empoderamiento de una generación que por fin fue joven.
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madrid,
"Teníamos urgencia por contar la noche", recordaba el fotógrafo Miguel Trillo durante la presentación este miércoles en el Círculo de Bellas Artes de Madrid de La primera movida, exposición que muestra algunas de sus publicaciones clave. Reliquias con grapas que en su día circularon de mano en mano por garitos y clubes de la capital y que, ahora, convenientemente desmenuzadas, encuentran cobijo en los mostradores de la sala Goya.
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Los fanzines de Trillo eran, como él mismo evocaba, su "brazo armado anónimo", la posibilidad de decir sin preguntar. No en vano hace cuarenta años, cuando el joven Trillo empezó a pergeñar sus artefactos fotocopiados, lo más parecido a un blog o a una cuenta de Instagram era una Xerox polvorienta, un puñado de cuartillas mal grapadas y un variopinto muestrario de tipografías pegadas de forma azarosa.
El origen, como todo lo que merece la pena, no atendía a razones; querer decir algo y decirlo. El método tampoco tenía mucho misterio; fotocopiar, grapar, doblar y difundir. Así de simple. Rockocó (1980 – 1984), Callejones y avenidas (1985 – 1987) y Madrid, las calles del ritmo (1988) siguen ese mismo ideario, un modus operandi que le permitía poner en circulación sin más demora que el revelado sus propias fotografías.
"Necesitaba crear con la cámara, la fotografía era mi lenguaje; igual que un músico grababa una maqueta yo hacía fotocopias", confesaba Trillo en la inauguración. Quizá por ello, por esa necesidad de tomarle el pulso a lo que acontece sin pretensiones añadidas, las fotos de Trillo rezuman vida, instantes previos a lo imprevisible que nos hablan de lo que fuimos hace no tanto, antes de que la heroína hiciera polvo a aquella generación.
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Su proyecto Rockocó es, según sus propias palabras, «un homenaje silencioso a unas vidas empapadas de las músicas de su tiempo». Vidas con la mirada puesta en escenas ajenas como la neoyorquina o la londinense, a años luz en sofisticación de nuestros voluntariosos ochentas, pero con poco o nada que envidiar en cuanto a la urgencia por descubrir, crear y pertenecer.
Mods, punks, amantes del tecno, modernos, siniestros, nuevos románticos, rockeros, teddy boys, heavies, b-boys... la ristra de tribus ante la que se cuadró Trillo es interminable. Un carrete de lo más heterogéneo por donde se va filtrando un tiempo único, años de apertura en los que todo parecía posible. De repente, lo real se tornó imaginario y ahí estaba Trillo para contarlo.
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"La fotografía española de los 80 rompe con el pasado y se hace urbanita, estábamos acostumbrados a una España que olía a pueblo y a tradiciones, y nosotros no queríamos salir de Madrid, queríamos contar su noche...", apuntaba el autor en la inauguración de La primera movida. Una mirada nueva y necesaria que supo reflejar, sin afectación ni paternalismos, la mutación que se estaba produciendo en nuestra sociedad.